lunes, 31 de diciembre de 2018

Miguel Lisbona / Allí donde lleguen las olas del mar... Pasado y presente de los chinos en Chiapas. / AP



Hoy es el último día del 2018. Sin pretenderlo fuí haciendo conexiones desde Largueza del cuento corto chino, recopilación, prólogo, traducción y notas de José Vicente Anaya, saltando después a La casa del dolor, de Julián Herbert, quien nos cuenta de la diáspora oriental, para cerrar este año bloggero con el libro de Miguel Lisbona, ejemplar que saltó del librero y fue a dar con mis manos. Allí donde lleguen las olas del mar... Pasado y presente de los chinos en Chiapas, es el broche que necesitaba mi atribulado corazón. Bien dicen que quien no conoce su historia está obligado a repetirla. Desde conceptos básicos como migrante, emigrante e inmigrante, hasta la indiferencia y el racismo que ya no tiene cabida (ni nunca tendrá) en el planeta. Hoy la Tierra completa otra vuelta más al sol. Viajamos sobre la misma roca, muriendo y naciendo. Mi MiniMi está emocionado porque termina el año y porque acaba de encontrar en Google Maps una ciudad en Turquía, con un nombre que lo tiene sorprendido. La ciudad se llama Batman... Nos hallamos en 2019.


Dice la contraportada: La presente obra no tiene la pretensión de ser un tratado teórico sobre la historia de la inmigración, ni resolverá todas las dudas existentes sobre el origen y la conformación de lo que se conoce como "colonia china" o "comunidad china" en Chiapas. Ello no impide afirmar que en las siguientes páginas el lector encontrará informaciones novedosas sobre el tema que deben de dar pie a otros análisis académicos que profundicen aspectos aquí tratados o, simplemente, que localicen documentación que no fue hallada o consultada en el transcurso de esta investigación.

Muchos aspectos de la inmigración oriental hacia tierras chiapanecas quedarán sin resolver a lo largo del recorrido de estas páginas. No es excusa ni justificación, sino advertencia y encomienda. Advertencia porque al leer un libro siempre se desea encontrar en él más cosas de las que le fue posible desentrañar al autor, de ahí la excusa. Y encomienda por ser ciertos textos acicates a investigaciones posteriores que profundizan en aspectos históricos y antropológicos, y en el caso que nos atañe sin duda existen muchas vetas por explorar sobre la presencia oriental en tierras chiapanecas. Desear que un libro como este permita andar nuevos caminos, como los recorridos por los migrantes chinos y sus descendientes que en las siguientes páginas inician su peculiar singlatura de recuerdo y reflexión, será un motivo de satisfacción suficiente del esfuerzo realizado.

Miguel Lisbona Guillén

Licenciado en geografía e historia por la Universidad de Barcelona (especialidades en historia moderna y antropología cultural); maestro y doctor en ciencias antropológicas por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Unidad Iztapalapa.

Es investigador titular “B” de tiempo completo del Instituto de Investigaciones Antropológicas, en su Programa de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Mesoamérica y el Sureste (Proimmse), y miembro del Sistema Nacional de Investigadores nivel II. Antes de su nombramiento, se desempeñaba como coordinador de la licenciatura en Gestión y Desarrollo Interculturales (sedes Mérida y Distrito Federal).

Cuenta con la autoría de más de 70 artículos y capítulos de libro publicados, y tres libros de autoría propia: En tierra zoque. Ensayos para leer una cultura; Sacrificio y castigo entre los zoques de Chiapas. Cargos, intercambios y enredos técnicos en Tapachula, y Persecución religiosa en Chiapas, 1910-1940. Estado, iglesia y feligresía en el periodo revolucionario.

También, ha recibido el premio Fray Bernardino de Sahagún del Instituto Nacional de Antropología e Historia a la mejor investigación, por el libro en coautoría Diversidad religiosa y conflicto en Chiapas. Intereses, utopías y realidades.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Julián Herbert / La casa del dolor ajeno / AP


Contaba que de China tengo varias referencias, no sólo el buda sonriente que mi madre guardó en un rincón de la casa, sino del negocio miscelaneo de chinos en el Edificio Granda, ubicado en la 4ta sur, entre calle central y 1ra pte, a un costado del Mercado Viejo (El Calvario). Ahí mi madre compraba la mejor salsa que recuerdo, además de otros menjurjes. Era clienta del señor Chino (sabía su nombre pero lo he olvidado). También recuerdo una anécdota con cierto poeta chinochiapaneco de apellido Wah, (según lo referido por Herbert es la correcta pronunciación) que tiene un odio enorme a cierta ciudad de la costa, y que desde hace muchos años desea arrojarles una bomba y borrarlos de la faz de la Tierra. Los odia porque sufrió el repudio de los lugareños. Lo insultaban a él y a su familia por ser chinos. A él le gritaban "¡Chino Cochino!", y eso lo encabronaba (y lo sigue encabronando) terriblemente. Quizá el poeta Wah optó por obedecer lo que sus padres le pidieron en aquellos años: guardar silencio, como lo hizo Manuel Lee Soriano aquel distante año de 1911. Lo cierto es que la pieza de Julián Herbert es necesaria por humana dignidad para los tres centenares de chinos masacrados en Torreón, a los que imagino caminando descalzos desde hace mucho, penando por no quedarse en la oscura noche del olvido.

Cadáveres de chinos masacrados en Torreón
Dice la contraportada: A principios del siglo XX, con el mito de modernidad y progreso en el centro del discurso porfirista, un hecho cimbró la historia de México: entre el 13 y el 15 de mayo de 1911, alrededor de 300 chinos -cerca de la mitad de la colonia cantonesa de La Laguna- fueron masacrados por tropas revolucionarias y ciudadanos de Torreón. Se trata de la más grande matanza de chinos en América, un exterminio cargado de falso remordimiento y sinofobia ejemplar. Más de un siglo después, sigue siendo equívoco y escaso el reconocimiento de los hechos en los anales de la historia nacional y regional. Con ánimo de desahogo e intentar ver los hechos a contraluz de la violencia contemporánea, Julián Herbert ofrece al lector un potente relato que supera la sola descripción de la calamidad. A través de un ojo literario, charlas con taxistas e historiadores, los viajes del autor al escenario del suceso y a los archivos que resguardan testimonios al respecto, La casa del dolor ajeno es una obra audaz que ahonda en una de las principales preocupaciones estéticas de Herbert: poner en entredicho las fronteras entre los géneros literarios. Obra mestiza que bebe lo mismo de la narrativa que del reportaje, la crónica gonzo, el ensayo y la academia, esta versión del "pequeño genocidio" es, más que una búsqueda de la verdad histórica, un intento por restituir dignidad a un grupo de migrantes.



Julián Herbert
Julián Herbert nació en Acapulco, Guerrero, el 20 de enero de 1971. Narrador y poeta. Radica en Coahuila desde 1989. Estudió Letras Españolas en la Universidad Autónoma de Coahuila. Ha sido profesor de Literatura en el ITESM, UIA y Universidad Autónoma de Coahuila; editor y promotor en el Instituto de Coahuilense de Cultura; consejero editorial de Diálogo Cultural entre las Fronteras de México y Desierto Modo. Colaborador de Babelia (suplemento de El País, España), Desierto Modo, Diálogo Cultural entre las Fronteras de México, La Jornada Semanal, Periódico de Poesía, Tierra Adentro, Crítica, Letras Libres. Ha traducido poemas de W. H. Auden, George Mackay Brown, Anthony Hecht, Alfred Tennyson y William Carthwright. Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, 1999, 2001 y 2004. Premio de Aforismo Santo Tomás de Aquino, de Monterrey, 1995 por Ni paraíso ni domingo. Premio Gilberto Owen 2003, en poesía, por Kubla Khan. Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2006 por Cocaína. Manual del usuario. Mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 1998 por El nombre de esta casa. XXVII Premio Jaén de Novela (España), por Canción de tumba (autobiografía novelada), de la cual se incluye un fragmento en Trazos en el espejo. 15 autorretratos fugaces (Era, 2010). V Premio Iberoamericano de Novela “Elena Poniatowska” 2012 por Canción de tumba. Su obra está incluida en la antología Narcocuentos (Ediciones B, 2014). 

sábado, 22 de diciembre de 2018

José Vicente Anaya / Largueza del cuento corto chino / PNSL



El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional

Buda

Mi madre tuvo durante muchos años una estatuilla de buda, con una pequeña almohadilla de terciopelo y sobre ésta una moneda dorada, para que nunca faltara el dinero en casa. Ella era una mujer de fe, y yo jamás pregunté si funcionaba o no. Alguna vez contemplé al pequeño buda, y me preguntaba de qué se reía. La historia me ha enseñado que los chinos son más importantes de lo que nos imaginamos. Son tantas las cosas que nos unen a ellos que sería necio mencionarlas. Últimamente casi todos hablan de los astronautas y de los cosmonautas, pero pocos de los taikonautas, nombre utilizado por los chinos en su particular carrera espacial. Cuentan con su propia estación espacial orbitando el planeta casi a la par con la estación espacial internacional, pero lo que a mí más me maravilla de la cultura china es su literatura, la sabiduría filosófica que encierra cada uno de sus cuentos desde hace más de tres mil años, con la sencillez propia del budismo, la misma sencillez que ahora me ayuda a paliar el dolor. Y no, no soy budista, y si lo fuera, sería:  budista protestante



Para muestra, un botón: 

El zorro y el tigre

Un tigre atrapó a un zorro y éste le dijo: "A mí no puedes comerme. El Emperador del Cielo me ha designado rey de todas las bestias. Si me comes desobedecerás sus órdenes. Si no me crees, ven conmigo y verás cómo huyen los otros animales al verme".

El tigre aceptó acompañarlo. Los otros animales huían despavoridos al verlos. El tigre creyó que temían al zorro, no se dio cuenta de que huían de él.

Anónimo (periodo de los Reinos Beligerantes)


Dice la contraportada: Este libro demuestra que si ha sido depurado durante cientos de años, un breve relato dirigido al centro de la conciencia puede cimbrar nuestra idea del mundo. 

Largueza del cuento corto chino reúne los mejores ejemplos de una literatura para la cual no existen divisiones nítidas entre los sueños y la vigilia, entre la filosofía y las soluciones prácticas; y donde lo místico, lo extraordinario y lo cotidiano se confabulan para arrojar al hombre a la iluminación. Por medio de diálogos entre discípulos y maestros, dragones y ministros, tigres y cazadores, viajeros y fantasmas, cada pieza transmite la sabiduría de una Civilización milenaria. Cuentos que con naturalidad y gracia llegan a las mismas conclusiones que ciertos tratados filosóficos desarrollan con una argumentación tan compleja como abstracta. Y es que al confrontarse con la profundidad de estos relatos se fracturan las ilusiones y los engaños de la conciencia. 

Largueza del cuento corto chino, la antología preparada por el poeta José Vicente Anaya, ofrece una colección de historias destinadas a vencer el tiempo y a sobrevivir las modas.


José Vicente Anaya
José Vicente Anaya nació en Villa Coronado, Chihuahua, el 22 de enero de 1947. Poeta, periodista cultural, editor, traductor y ensayista. Estudió ciencias políticas y literatura en la UNAM. Ha sido asesor y jefe del Departamento Editorial de la UAEM; fundador y codirector de Alforja; editor de la colección SepSetentas, SEP-INAH, Siglo XXI y de la revista Ciencia y Desarrollo del CONACyT; jefe del Departamento Editorial y de Redacción de la revista de la UAEM; coordinador del Departamento de Publicaciones de la ENAH; coordinador de la sección cultural de El Economista; jefe de Redacción de la revista Memoranda del ISSSTE. Miembro fundador de la Sociedad de Escritores de México y Japón. Traductor de Allen Ginsberg, Antonin Artaud, Marge Piercy, Erica Jong, Margaret Randall, Leonore Kandel, Carl Sandburg, Gregory Corso, Henry Miller y otros. Colaborador de Alero, Atticus Review, Bajareque, Casa del Tiempo, Diorama, El Economista, El Financiero, El Gallo Ilustrado, La Cultura en México, La Jornada Semanal, La Palabra y El Hombre, Memoranda, Nexos, Revista de la UAEM, Revista de la Universidad de México, Sábado y Siete. Becario del INBA/FONAPAS, en poesía, 1981. Premio de Poesía de Plural 1979 por su poema Híkuri. Premio Tomás Valles Vivar 1989 otorgado por la Fundación Cultural Chihuahua. Miembro del SNCA.




lunes, 17 de diciembre de 2018

Luis Felipe Lomelí / Indio borrado / PNSL

Es inevitable acompañar al Güero en esta novela trepidante, alucinada. Desde éste sur hasta alla, donde el norte. Lo veo chingarse las manos a punta de marro y cincel, haciendo méritos. Trabajo formal de albañil, odiando al padre hediondo a nafta. Estamos juntos con el Fede. Los tres mirando las luces de la ciudad idiota, repleta de historias. El Güero y Fede inhalan resistol, yo fumo un churrito de mota, macizo, compacto, viendo pasar de una mano a otra la pistola con balas hechizas que quiere estrenarse contra algún extraño enemigo. Mientras la resolana se cuela entre las láminas y nos achicharra el viaje, recuerdo cuando vivía acá, en el sur, en Fovisband. Casi mayor de edad acompaño a mis amigos del barrio sobre una combi desmantelada. Vamos a Terán a buscar bronca, a retar a unos ñeros esquinados bajo los faroles fundidos. Llegamos a toda velocidad y les aventamos la combi. Los compas brincan, nos mientan la madre. La combi se detiene y Marcialón apaga el motor. Nos insultamos a la distancia, nos aventamos piedras. Amagan con avanzar hacia nosotros, mi compa intenta encender el carro. Una y otra vez el llavazo, sin éxito. La suerte está echada.


La plebe, viendo la oportunidad, corre hacia nosotros, que comenzamos a empujar la pinche combi que nomás no jala; cascabelea, tose, se amarra, vuelve a ceder un poco y de vuelta a lo mismo. Siento la presión de la noche sobre mis hombros. De pronto el cacharro arranca y huye cual si fuera un caballo salvaje, desbocado, alcanzando a subir solo unos cuantos sobre él. El resto nos separamos, igual que los alacranes. El Güero sabe de lo que hablo, porque él también ha tenido que correr sobre los techos de las casas, queriendo alcanzar esa frontera que existe en cualquier colonia. La mía se ve tan lejana: el bulevar Belisario Domínguez. Si alcanzo a cruzar estoy salvado, porque de no hacerlo me espera una madriza de pronóstico reservado. Es sólo un kilómetro. Corro entre las jardineras, los baches y calles oscurísimas donde me asaltan perros furiosos, que me dan de tarascadas pero fracasan porque voy a una velocidad endemoniada. Oigo o imagino que oigo las voces de los ñeros tras de mí. El corazón está a punto de salír por mi boca, cuando a lo lejos veo las luces del bulevar. No sé la suerte de los demás. Cruzo casi sin ver los coches, llegando al otro lado donde me derrumbo, mientras intento jalar bocanadas de aire.


Dice la contraportada: Como indio borrado, el Güero es uno más de los nuevos olvidados en un mundo inmerso en la violencia. El caos reina en todo lo que le rodea, incluso en su propio núcleo familiar: ya no soporta el llanto del Cabrito, el hilo de su hermana, las ojeras de su madre, el olor de su padre. Entre los recuerdos de su niñez, cuando vendía serpientes de madera con su hermana la Leidi, los consejos de su Ho Absalón y las voces de unos fantasmas que le hablan del pasado de su ciudad y de sus sinestros, el Güero debe lidiar con el paso a la adultez y los sentimientos dominados par la ira. Profundamente marcado por su rol en la pandilla de los Rats y su primer trabajo coma albañil, e hipnotizado por los ojos de gata de Lino, el Güero tendrá que descubrir cuál es su lugar en el mundo pero, sobre todo, nos hará saber cuál es su más profundo deseo. Aún no llega so padre a casa, pero si el momento de acabar con esa sombra que lo ha sumido en la furia y el rencor desde hace años.

Luis Felipe Lomelí

Estudió Ingeniería Física Industrial en el ITESM, la maestría en Ecología de Zonas Áridas en el CIBNOR y el doctorado en Ciencia y Cultura en la Universidad Autónoma de Madrid bajo la dirección de Javier Ordóñez Rodríguez.​ En 2001 obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Bellas Artes de México por su primer libro, Todos santos de California (Premio Nacional de Cuento "San Luis Potosí),​ y el Premio Latinoamericano de Cuento "Edmundo Valadés" por el cuento El cielo de Neuquén, incluido en su segundo libro Ella sigue de viaje. También es autor de la novela,​ Cuaderno de flores y del ensayo de divulgación científica El ambientalismo.​ En 2011 compiló el tercer volumen de la antología de Sólo cuento de la Universidad Nacional Autónoma de México.​ Ha sido escritor residente en Colombia y Sudáfrica y columnista del programa de divulgación científica La oveja eléctrica de Canal 22. Ha colaborado en diversas publicaciones como La Jornada,​ Letras Libres​ y Milenio,​ entre otras. Actualmente trabaja como catedrático en la Universidad Iberoamericana Puebla y en el ITESM campus Puebla.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Maite Carranza / Palabras envenendadas / PNSL


PNSL 2014
El 5 de diciembre estuvimos en Comitán con el último taller del año para promotores de lectura, donde hicimos énfasis en la importancia de las charlas literarias. En esa ocasión hablamos de los roles de género, de los prejuicios y de la discriminación. Se dieron distintos puntos de vista, y se comentó que arriesgar el "capital cultural" es sano porque nos permite confrontar nuestras ideas con las de otros, construir argumentos nuevos, desechar algunos y fortalecer otros (bendita otredad). Después de publicar en este blog la crónica de dicha actividad, algunos amigos me preguntaron si había en el acervo bibliográfico del PNSL material que tratara esos temas "difíciles", para dar sustento a las charlas. Les dije que no hacía falta existiera el libro en el acervo, que se podía generar de lo que cada uno de los participantes opinara de X o Y tema "difícil". Posteriormente podrían integrarse lecturas afines y también generar escritos derivados de las charlas y de las lecturas. El acervo cuenta con títulos sobre drogas, sexualidad, redes sociales. discriminación, bullyng y abuso sexual (libros que conozco del acervo) entre otros temas.

Fotografía: Héctor Banda
Hace poco me enteré de una historia contada por una entrañable amiga, madre de "Bárbara" (nombre del personaje central de Palabras envenenadas). Una chica presa de la confusión, que no tarda en irse de casa "porque ella sabe lo que quiere". Alguien le ha llenado la cabeza de ilusiones. Mi amiga dice: "Tengo miedo, no está vivida". Yo traduzco vivida por informada. ¿Cuántas Bárbaras hay en México? Muchas, y terminan siendo estadística de los diferentes círculos que tiene el abuso sexual. El abuso infantil y adolescente en Chiapas es alarmante. Sucede en el ámbito familiar y escolar, entre otros. ¿Cómo prevenirlo en las escuelas? ¿Cómo, en los hogares? Los feminicidios están casi siempre vinculados al abuso sexual, aunque la violencia sistemática hacia las mujeres es una constante que lastima, que no debiera pasar despercibida por ninguno de nosotros. Decirlo, hablarlo, evidenciarlo; denunciarlo. Eso es lo que debemos hacer para ayudar a combatir esa violencia, que ha quitado la vida a muchas (y a muchos) y a otras más las ha dejado muertas en vida. Hay que informarse, informarnos. La información previene, alerta, protege. Nadie está excento. 

Fotografía: Hugo Montaño
Dice la contraportada: ¿Qué pasó con Bárbara Molina? Nunca se encontró su cuerpo ni se consiguieron pruebas para detener a ningún culpable. Una llamada telefónica provoca un giro inesperado en la vida de muchas personas: el de un policía a punto de jubilarse, el de una chica que traicionó a su mejor amiga, el de una madre presa del dolor que provocó la desaparición de su hija.

Palabras envenenadas es una crónica de un día trepidante, vivido a contrarreloj y protagonizado por tres personas cercanas a Bárbara Molina, desaparecida misteriosa y violentamente cuando tenía quince años. Un enigma que, después de cuatro años sin resolverse, va a verse sacudido por nuevas claves. A veces, la verdad permanece oculta en la oscuridad y sólo se ilumina al abrir una ventana.

Una historia de mentiras, secretos, engaños y falsas apariencias que pone el dedo en la llaga sobre mitos incuestionables. Un relato apasionante que disecciona la hipocresía de la sociedad española moderna. Una denuncia valiente de los abusos sexuales en la infancia, sus devastadoras consecuencias y su invisibilidad en este acomodado mundo nuestro.

Maite Carranza
Maite Carranza. Nació en Barcelona en 1958. Licenciada en Geografía e Historia, compagina la docencia con la literatura y la creación de guiones sobre todo para televisión. Se inició en la literatura en 1987 cuando ganó el Premio de la Crítica Serra d'Or, al que le han seguido, entre otros, el Folch i Torres (1987), el Joaquim Ruyra (1999) y el Premio Edebé 2002, que volvió a ganar en 2010 con Palabras envenenadas. Dedicada principalmente a la literatura juvenil, y con más de cuarenta títulos publicados, también ha publicado la novela para adultos Sin invierno (Destino, 1999).}

El éxito internacional de la trilogía La guerra de las brujas, traducida a más de 25 lenguas, le ha merecido el Premio Plíglota 2010.

En 2011 fue finalista del premio Catalán del Año 2010, que concede El Periódico, y ganadora de nuevo del Premio Crítica Serra d'Or por esta novela.

Palabras envenenadas vendió más de 25 mil ejemplares en un año, y ha sido vendida a cinco países. Con esta obra Maite Carranza recibió como máximo reconocimiento el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil de España en 2011.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Diego Mejía Eguiluz / ¡Primera caída! El Enmascarado de Terciopelo.



Esta lectura ha sido divertidísima. ¿Cómo llegó a mis manos? Pues sucede que Ray Zopilote me habló del Enmascarado de Terciopelo, y prometió prestarme la historia en la primera oportunidad, la cual aconteció el pasado miércoles, cinco de diciembre. Disfruté un chorro y dos montones el libro, y luego luego decidí que se lo prestaría a mi querido amigo y luchador, el Haragán Ramírez, porque es casi lo mismo que el vivió cuando decidió inclinarse por las bondades del Pancracio, pero al revés. Aclaro que Pancracio no es una persona (aunque hay quienes llevan ese apelativo a cuestas) sino el lugar donde se realizan las luchas entre rudos y técnicos; el ring pué. Les decía que una vez disfrutada la emocionante historia del Conde de Terciopelo, se lo rolé al Haragán, quien se quedó encantado desde la portada, y luego, ni tardo ni perezoso, devoró el libro en una caída. Cuando lo trajo de vuelta, me dijo: Estimado, gracias por la lectura, dile al Zopi que existe un segundo tomo titulado: "Muerde el polvo". Otra cosa, me atreví a escribir algo que espero te agrade lo suficiente, y lo publiques en tu blog. Nos vemos luego. Acto seguido se marchó, perdiéndose entre las destruidas calles de la ciudad coneja. ¿Quieren leer lo que escribió mi amigo? Acá el texto, tal cual me lo entregó:



Chiapa de Corzo
Siete de diciembre del 2018

Estimado amigo Montaña, igual que el Conde de Terciopelo, yo también me enamoré de las luchas, tanto, que desde chamaquito quise ser un ídolo de los encordados. Tuve un entrenador exigente, con la diferencia de que él no había luchado más que por la vida. Nos entrenaba duro. A mi no me gustaba porque no había día que no me doliera algo. Mientras me sobaba y me untaba pomada para el dolor, me preguntaba ¿Y la fama? ¿Y las películas que haría igual a las del Santo? ¿Y las legiones de admiradoras? ¿Y las planillas donde la estampita más deseada fuera la mía? No hubo nada de eso. Una mañana decidí faltar al gimnasio, refugiándome donde supuse nadie, pero nadie, me encontraría: la biblioteca. Por si las moscas entré enmascarado. Al principio estaba perdido, hasta que una chica llegó a rescatarme. Ella me enseñó cómo buscar en el fichero, y de a poco me fui adentrando en ese otro cuadrilátero que es la lectura. Entrenaba poco y leía de todo (siempre enmascarado). Era otro mi nombre de luchador, del cual no quiero acordarme, porque me rebautizaron como El Haragán, ¡y cómo no, si casi ni entrenaba! Me la pasaba lee que lee.


A diferencia del Enmascarado de Terciopelo, de quien los cronistas deportivos han hablado maravillas, de mi no hubo reseña alguna. Estaba tan clavado en la lectura que, sin darme cuenta, se me fue llenando la sesera de personajes e historias, hasta  que un buen día comenzaron a pelearse dentro de mi cabeza, cual luchadores, exigiendo salir. Así fue que de la lectura pasé a la escritura (igual, enmascarado). De eso resultó el librito que te regalé hace poco, y que ahora se encuentra en manos de varios alumnos y alumnas de secu, prepa y uni. No me comparo con el Conde de Terciopelo, no hay manera, porque él es un ídolo, el más grande de los rudos. Yo no tuve un papá luchador (como el Conde), tampoco un papá lector o escritor. No tuve más influencia que la libertad. Pienso ahora que me parezco también al Exterminador, el nombre de luchador que usó el papá del Conde (su mayor inspiración), porque tengo a mi MiniMi, a quien un día le preguntaron en el salón de clases a qué se dedicaba su papá, y él no dudó en contestar: se dedica a leer y a escribir. ¡Eso ni es trabajo! dijo uno de su salón, pero a él no le importó.


Disculpa lo extenso del escrito, igual puedes editarlo o citar fragmentos, es sólo que el libro del Enmascarado de Terciopelo me alborotó algunos de los muchos fantasmas que me habitan. Tú mejor que nadie sabe lo que yo he luchado, yendo a distintas geografías fomentando la lectura. Aún no me agoto, y aunque esto parece interminable lo hago con pasión, y ahora lo haré con mucha más enjundia, contando de la vida del Conde de Terciopelo, y también seré más rudo contra aquellos que se encargan de denostar la importancia de leer y de escribir. La palabra es un derecho, y como tal debemos de exigir su uso en forma de historias en los salones, al inicio del día de clases (todos los días), en las casas, en donde sea. Jugar con las palabras, pelearse con ellas a dos de tres caídas, sin límite de textos. Escucharlas, probarlas, tocarlas, respirarlas, mirarlas, armarlas y desarmarlas las veces que sean convocadas. La lectura no es exclusiva de algunos, menos la escritura. Ambas son inclusivas, nos pertenecen a todos. En lo personal sé que ambas cosas aún las hago de manera deficiente, pero las hago con gusto y porque se me da la regalada gana. Gracias por prestarme esta ¡Primera caída!, estimado amigo Montaña. Pronto iré por la segunda, y lo compartiré de la misma manera que don Zopilote y tú lo hicieron conmigo. 

Los abraza con admiración, 

El Haragán. 
 
Dice la contraportada: Desde su debut, el Conde de Terciopelo se ha empeñado en demostrar que no hay luchador más rudo que él. El ring no es un lugar para débiles, el chiste es apabullar a todos para llegar al estrellato. Pero la verdad, el conde es de naturaleza sensible, y su carrera podría irse a pique por eso. Lo que pasa es que desde chiquito le enseñaron a aguantarse como los machos y cosas por el estilo. Últimamente le afecta lo que la gente piense de él, su enemigo acérrimo le hace burla y, para colmo de males, la niña que entrena a su rival ha descubierto su punto débil y está maquinando un malévolo plan contra él.



Diego Mejía Eguiluz


Diego Mejía Eguiluz no recuerda cuándo nació, pues era un bebé. Ha sido periodista deportivo, asistente de producción tanto en teatro como en televisión, guionista de un programa cómico, comentarista radiofónico de lucha libre y desde hace veinte años se dedica a la edición de libros infantiles y para adolescentes. Ha escrito de lucha libre para las revistas Box y Lucha y The Gladiatores. Es autor del libro infantil Una aventura patológica (publicado en México por editorial Porrúa y en Uruguay por la editorial Sudamericana). Otros libros: ¡Primera caída! (El enmascarado de terciopelo 1), Muerde el polvo (El enmascarado de terciopelo 2), México y el beisbol.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Queremos que en Chiapas se lea más / Taller de capacitación Fomento a la Lectura, el Libro y Formación de Promotores de Lectura / Comitán de Domínguez, Chiapas




El Ray y el Hugo
El día de ayer 05 de diciembre, el Ray y YoMeroMaromero, nos apersonamos en la ciudad más bonita del mundo, para charlar con promotores de lectura en la biblioteca pública "Rosario Castellanos", invitados por la Oficina de Fomento a la Lectura y la Escritura, de la Red Estatal de Bibliotecas Públicas de Chiapas. Oficina comandada por nuestro querido amigo Ramón Martínez Mancilla, acompañado de Liz, Teresita y Hervin, entrañables compañeros todos, cerrando a tambor batiente (benditas analogías) el proyecto que este año nos permitió compartir tanto: Queremos que en Chiapas se lea más.


Abrió plaza mi querido Zopilote, con el cuento de Pascuala Corona titulado: Sangalote. La historia de un hombre que creía tener siempre la razón. Ray es un tremendo lector de cuentos, y en éste en particular desarrolla sus dotes de cantor, porque no debemos de olvidar que también los zopilotes cantan, y mi amigo no es la excepción. Ya antes él mismo nos contó que los zopilotes le cantan a la luna, pero eso es otra historia. ¿Les gustaría leer el cuento de Pascuala Corona? Al final de ésta entrada lo hallarán com-ple-ti-to.


Después nos dimos a la tarea de hablar un poco sobre la importancia de las charlas en las salas o espacios de lectura. Y qué mejor pretexto que en una biblioteca. ¿Y para qué sirve charlar entre nosotros? Pues para intercambiar ideas, lecturas, puntos de vista, gustos y disgustos; para reconocernos en los otros arriesgando nuestro capital cultural que es cambiante, alimentado por las charlas donde puede no mediar un solo libro físico en el momento del intercambio de opiniones, pero que después, dentro de la misma sala de lectura o biblioteca, puede recurrirse a más información que nos permita ampliar nuestro criterio sobre X o Y tema.


Expusimos un caso particular, donde surgieron opiniones que variaron de acuerdo (precisamente) a nuestras experiencias previas, a nuestras lecturas de vida y nuestros juicios o prejuicios sobre un tema que siempre da tela de donde cortar: Los roles de género. ¿Qué juegos son para niños? ¿Qué juegos son para niñas? Jugar es simplemente jugar, dice Monedita de Oro en una cumbia retesabrosa. Muchas veces los prejuicios de los adultos derrumban la imaginación de las niños y los niñas. Conozco casos donde, por ejemplo, un niño aprendió a zurcir, y no por eso es afeminado, y una niña destaca en el fútbol por encima de muchos de su salón, tanto, que es la capitana de su equipo de quinto grado, y no por eso es "macha".
¿Quieres leerlo? Dale al click
Esa mañana se dijeron varias cosas interesantes, y constatamos lo importante que son las charlas, y las muchas otras lecturas que se suscitan a partir de estas.

Zopi, cazador de lectores igual que Julio Cortázar, sacó una saeta que disparó a los talleristas. Una única flecha para más de treinta almas, a las que atrapó irremediablemente, leyendo algo del libro Querido hijo: estas despedido. Acá les comparto un fragmento:





Querido hijo:

Visto el comportamiento de las últimas semanas, cada vez  más  caótico,  unido  a  los  problemas  ocasionados por ti en los meses y años anteriores, desde que comenzaste  a  gatear  y  andar,  y  sin  que  parezca  que  vaya  a haber  ya  una  enmienda  clara  por  tu  parte,  me  veo  en la  triste pero  necesaria  obligación  de  comunicarte  tu despido,  que  será  efectivo  en  el  plazo  de  treinta  días a  partir  de  hoy.  En  este  tiempo  tendrás  derecho  a  tus dosis habituales de besos y caricias, así como a disponer  de  tu  habitación,  tres  comidas  al  día,  y cuantas prerrogativas merezcas en calidad de hijo —televisión, dinero  para  gastos,  libros,  paseos,  atención,  consejos, etc.—.  Pero  cumplido  el  plazo  que  la  ley  familiar  me otorga, mis deberes como madre quedarán por completo exentos de toda obligación, puesto que mis derechos han  sido  vulnerados  y  vapuleados  alevosamente  con anterioridad.

Lo  cual  te  comunico  en  el  día  de  hoy,  7  de  abril, para que conste a todos los efectos.

Firmado: María de la Esperanza Martínez García.


Y aprovechando que hablábamos de cazadores de lectores, como lo es Juio Cortázar, leímos "Instrucciones para llorar", del cual derivamos dos escritos (porque al final de cuentas somos animales del lenguaje) apelando de nuevo a la reflexión y creatividad de los compañeros promotores, buscando hacer divertida una instrucción (casi nadie lee los instructivos o manuales). Y fue precisamente sobre la creación de dos "instructivos". El primero: "Instrucciones para llegar tarde a todos lados", y el otro "Instrucciones para sacarle jugo al insomnio". En ambos casos hubo escritos geniales, los cuales les compartiré en una entrada posterior.


Después volvimos a compartir otra de las estrategias que tantos otros han replicado con bastantes buenos resultados, y al que aún no le definimos un nombre, pero que de manera provisional le llamaremos "Algunas Nubes" (sí, igual a uno de los títulos de la saga policíaca de PIT II, jejeje) La creación de historias partiendo de una hoja en blanco.


Esta estrategia es un éxito entre los niños, desde la creación hasta la exposición de la historia, con escenografía incluida. Juegan y rejuegan lo que cuentan. emperejilan las palabras, las salpimientan al gusto y hacen que cada personaje conviva en una realidad paralela, donde todo... TODO, es posible. Tiburones devorando montañas, fuegos que hablan y prometen portarse bien, o árboles mágicos que te hacen viajar en el tiempo.


¿Cómo nacen las historias? Pues así, de la nada y del todo. Utilizamos material reciclado y bueno, para que les cuento lo que sucedió, mejor véanlo.








El Zopi y YoMeroMaromero fuimos felices otra vez, compartiendo con los compañeros promotores. Y aunque mi corazón eterno de abril está eclipsado, mucho de lo realizado ayer fue para ella, quien me enseñó a hacer mucho de lo que hago... Por mejores lectores y escritores.
_________________________________________________________________


P.d. Esta serie de fotos son cortesía de mi querido amigo y maestro Ray Zopilote... por mejores escenas.







Sangalote

Había una vez un barrendero que se llamaba Sangalote, de esos que barren las calles con unas escobas muy largas; pero Sangalote tenía un defecto muy feo: creía siempre tener l razón y por lo tanto era muy terco.

Un día barriendo, barriendo, se encontro un tlaco y se puso a pensar en alta voz, diciendo:

- ¿Que compraré? Si compro pan, se me desmorona; si compro queso, me lo comen las ratas; si compro azúcar, se me acaba; compraré garbanzos. Y compró garbanzos.

Al día siguiente se fue a trabajar. Llego a una casa, tocó y cuando le abrieron, dijo:

- Buena señora. ¿Quiere que le barra su calle?
- ¡Cómo no señor, bárrala usted!
- Bueno, esta bien -dijo Sangalote-, pero ¿y donde dejo mis garbanzos?
- Alli déjelos en el corral -le contesto la señora- y Sangalote se fue a barrer y barre que barre, se le acabó el día.

Cual no sería su sorpresa cuando al ir por sus garbanzos, se halló la bolsa vacía, porque un gallo se los había comido.
Entonces Sangalote llamó a la señora y le dijo:

- !O mis garbanzos, o mi gallo; o mi gallo o mis garbanzos!

Y la señora por tanto no alegar le dio el gallo. Y allí va Sangalote muy contento con su gallo. Todos los días se despertaba con su alegre ki ki ri ki y hasta a su trabajo lo llevaba.

Un día llegó a casa de otra señora y le dijo:

- ¿Quiere que le barra su calle?
- Sí señor, bárrala usted -contesto la señora.
- Bueno, esta bien -dijo Sangalote-, pero ¿donde dejo a mi gallo?
- Déjelo en la caballeriza -le dijo la señora.

Sangalote se puso a barrer y barriendo se le acabó el día.

Entonces se presentó por su gallo, pero no encontró más que las plumas, pues el gallo quiso comerse la cebada del caballo, el caballo se enojó y lo mató de una patada.

Sangalote llamó a la señora y le dijo:

- O mi gallo o mi caballo; o mi caballo o mi gallo.

Y la señora por tanto no alegar, le dio el caballo.

Sangalote se fue muy contento, pero como era pobre, tuvo que seguir barriendo, y así fue como un día con otro llegó a casa de otra señora y le pregunto si queria que le barriera su calle.

- Sí señor, bárrala usted -le dijo la señora.
- Bueno, esta bien -dijo Sangalote-, pero ¿y dónde dejo al caballo?
- Allí dejelo en el establo -le contestó la señora.

Y así lo hizo Sangalote y se fue a barrer. Y barre que barre se le acabó el día.

Cuando fue por su caballo se lo encontro con las tripas de fuera porque el caballo quiso comerse la pastura de toro; el toro se enojó y le encajó los cuernos. Sangalote, muy decidido, llamó a la señra y le dijo:

- O mi caballo o mi toro; o mi toro o mi caballo.

Y la señora, por tanto no alegar, le dio el toro.

Pero a pesar de ser dueño de un toro, Sangalote tuvo que seguir barriendo y un dia con otro llegó a casa de una señora que tenía una niña muy desobediente.

- Buena señora -le dijo Sangalote-. ¿Quiere que le barra su calle?
- Sí señor, bárrala usted -le contesto la señora.
- Bueno, está bien -dijo Sangalote-, pero ¿y dónde dejo al toro?
- Déjelo en el jardín -le dijo la señora-, pero amárrelo bien de un árbol, pues como el jardín no esta bardeado, si lo deja suelto se podría escapar.

Así lo hizo Sangalote y despues de fue a barrer.

El toro comenzó a mugir y la niña le dijo a su madre:

- Mamacita, el toro ha de tener sed, pues se esta quejando mucho.
- No le hagas caso -le dijo la madre-, ya sabrá el barrendero qué hacer con él cuando lo oiga mugir. Cuidado y se te vaya a ocurrir llevarlo a beber a la fuente; piensa que tiene mucha fuerza y que se podría escapar.

La niña sin contestarle se fue al jardín, pensando: ¡Qué se me ha de escapar! Son ideas de mamá.
Y así pensando llegó al árbol, desató al toro y lo llevó a la fuente. Pero sucedió que en cuanto el toro se sintió libre, echó a correr, saltó las trancas y se perdió detrás de la loma. La niña, muy asustada, se metió a la casa y sin decirle nada a su mamá, se escondió debajo de su cama.

Barre que barre se le acabó a Sangalote el día y cuando fue a recoger su toro y no lo encontró, llamó a la señora y le dijo:

- O mi toro o mi niña; o mi niña o mi toro.

Y como la señora no tenía con qué pagarle el toro, sacó a la niña desobediente de debajo de la cama y con todo el dolor de su corazón, se la entregó a Sangalote, que muy contento, la echó al costal de la basura y cargó con ella.

- Ahora sí -se decía-, ya tengo quién me haga la comida, quién me remiende los calcetines, quién me ayude a barrer; Y diciendo, se encontró a un indito que vendía guitarras.

- ¿Que haría yo para comprarme una jarana? ¡Lástima que no traigo dinero!

Y diciendo y pensando cómo haría, le dijo al indio que lo esperara mientras entraba a una panadería a ver si le daban trabajo y así podía comprarle la jarana.

Los panaderos aceptaron que les barriera Sangalote la calle; entonces éste les preguntó dónde podía dejar su costal mientras barría. Los panaderos le contestaron que en la bodega.

La niña comenzó a gritar; los panaderos al abrir el costal se encontraron a la niña quien les contó lo que había pasado, prometió no volver a ser desobediente y corrió para su casa.

Los panaderos llenaron el costal de animales ponzoñosos.

Cuando Sangalote acabó de barrer recogió su costal y se lo echó al hombro. De repende sintió que le mordian la espalda, y gritó:

¡Arre niña, no muerdas!

Cansado, se sentó debajo de un árbol, puso junto a su costal, cogió su guitarra y se puso a tocar, y al tiempo que tocaba cantó:


De mi tlaco, mis garbanzos,
de mis garbanzos, mi gallo,
de mi gallo, mi caballo,
de mi caballo, mi toro,
y de mi toro, mi muchachita,
mi pan y queso y mi jaranita.
¡Sal niña hermosa!


Y abrió el costal y salieron todos los animales y se lo comieron.

Y el cuento de Sangalote, como se los cuento yo, por una oreja me entró y por otra me salió.