miércoles, 15 de agosto de 2018

Especialidad en Procesos Culturales Lecto Escritores / 15 de agosto / Facultad de Humanidades de la Un.A.Ch.



Llegué al salón de posgrado (edificio E, aula 2) con más dudas que certezas. La primera vez que estuve en la EPCLE, fue para compartir estrategias de fomento a la lectura, que se sumaran al andamiaje de los estudiantes y formaran parte de las posibilidades estratégicas para pulir sus trabajos de tesis. Fue una primera vez gratificante, sensación que se fue diluyendo conforme las generaciones de la especialidad avanzaban.


Ese desinfle en mi ánimo sembró la duda en mi corazón. Opté por retirarme. Sentí que no estaba a la altura de las circunstancias de la especialidad, porque pensé que la metodología era la correcta, y porque imaginé a los aspirantes con las ideas claras. Pronto me di cuenta de que las prioridades eran otras, y no necesariamente los procesos, ese conjunto de posibilidades para transformar la realidad de la lectura y de la escritura.


Hoy recordé eso, y se los comenté, y también les dije que había vuelto porque era un compromiso mío, una bronca interna por sumar otras posibilidades que lograran despertar en ellos el poder innegable de la imaginación, de la creatividad y sobre todo del juego. El divertirse, el ilusionarse con algo tan necesario como enseñar a otros el derecho que tienen a la palabra oral y escrita, herramientas necesarias para cambiar nuestra realidad.


Nos pusimos a recordar de dónde venimos, desde aquella mota de polvo que luego se transformó en huevos, flores, sandías, rocas, estrellas, entre otros recuerdos. Tratamos de recordar cuál fue la primera palabra pronunciada por quienes aparecieron antes, y nos dieron la palabra como herencia, que hemos transformado durante miles de años. En el principio, en el cerca y el junto, estábamos todos. Después nos dispersamos y perdimos conciencia de quiénes fuimos: partes elementales de un proceso protéico.


Resultó que la imaginación, en una generalidad, estaba medio oxidada. ¿Cómo detonarla? ¿Cómo recuperar de verdad ese proceso que ha hecho lo que ahora vemos, sin juzgar bueno o malo? Estamos hechos de historias, y eso no es solo una frase de feisbuc (del que me fui para no volver). Nos preguntamos ¿Cómo nacen las historias? Les conté un poco de Gianni Rodari (el pedagogo de la imaginación), y su Gramática de la Fantasía.


Pregunté por los títulos de los trabajos que supongo ya están en curso, cinchados por la metodología necesaria, pero algo extraviados en la realidad particular del objeto de estudio. Un alto porcentaje tiene en su tema la palabra Lectura y Escritura. ¿Y qué es lectura? ¿Y qué es escritura? ¿Qué se lee? ¿Cómo se lee? ¿Cuántas maneras existen de leer? Y si escribo, ¿para qué, de qué, por qué? Rodari dice: "El uso total de la palabra para todos... No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo. Quizá transformar sea más una cuestión de "acto mágico", que la cosa en sí.


En mi caso particularísimo, el fomento lectoescritor me exige valerme de las técnicas de la magia, enseñando el número, el artificio escénico que te distraerá, permitiendo realizar los pases mágicos que consumarán el truco (que no verás), logrando (la mayoría de las veces) el fin de mi osadía: sorprenderte. Ese asombro se registra como algo especial, ameno, significando algo en el interior de quien lo vive. Eso y muchas cosas más suman a nuestro capital cultural.


¿Y cómo saberlo, si no lo vivimos? Entonces decidimos descubrir algunas nubes en hojas de papel, donde se revelaron delfines, fantasmas, helados, flores, unicornios, entre otras cosas más. Después esos elementos fueron parte de una historia, que por supuesto nos contamos. Con ese ejercicio descubrí que no todos están en la misma frecuencia. Hay los que contaron sin matices, sin ganas, o a lo mejor esas son todas las ganas y matices que pueden brindar a la hora de compartir un cuento novísimo.


En una historia puede suceder TODO, es cuestión de desbordar la imaginación, de saltar al vacío, pero no sucedió tal cual en algunos relatos, aunque en otros el esfuerzo fue bastante generoso (casi me enamoro). ¿Cuál es el motivo de lo disparejo en las historias contadas? Que ellos realmente no se conocen entre sí. Y eso es importante. ¿Por qué no se conocen? Ellos tienen la respuesta. Y no es que me diera cuenta antes, sino que hasta ahora lo mencioné. Un personaje entrañable dijo alguna vez: "nadie es nadie solo" (son más de 22 los tripulantes de la nave EPCLE-2018, y no se conocen).


No quise dejar para después lo que podía suceder en ese momento, y nos pusimos a socializar teniendo como pretexto libros ilustrados, la mayoría infantiles y juveniles. Creo que funcionó mejor, porque no solo convivieron entre ellos, sino que confesaron coincidencias extrañas entre lo elegido por otros, y recuerdos de la infancia. ¿De qué estamos hechos? ¡De historias! Y por supuesto que hallaremos algunas con las que nos identificaremos.


Ya estábamos relajados, y no nos quedó más camino que subir un gradiente a la convivencia... ¡cantando! Lo que yo experimenté el pasado domingo 12 de agosto con chicos, y que fue un acto mágico con un montaje determinado sin que vieran el truco, resultó en actitudes positivas con la aceptación de los libros como objeto de interés. Ejecuté PROCESOS que están transformando, de a poco, a niños sobre los que pesan prejuicios equivocados. Acá fue más o menos lo mismo. Tuvo otro camino, igual de gratificante.


Leyeron, cantaron, escribieron, se divirtieron y rieron con verdaderas ganas. Un desmadre bastante organizado, jejeje. Pero bien sé que una golondrina no hace verano (benditas metáforas). Para que los PROCESOS lleguen a buen puerto, hay que continuar con la transformación, cosa casi imposible para mi. Insisto, debemos definir menos y actuar más, debemos hacer de la lectura y la escritura un ejercicio, más que un concepto. La mejor manera de decir es hacer.


No lo mencioné, pero en ningún momento de las tres horas que compartimos, pregunté qué profesión o actividad tiene cada uno de ellos, porque la verdad a la hora de "estar en el ajo" del fomento lectoescritor, no sirve de mucho. Viene un foro sobre la EPCLE, a la que estoy invitado. Me dice Gaby que ahora se debe de trabajar con niños (¿in situ?), y no se me ocurre otra cosa que lo dicho hoy por la tarde: "No se olviden de jugar, de divertirse". Hay que disfrutar para contagiar.


La EPCLE cumplirá diez años, y es motivo de fiesta, pero también de reflexión. Momento de analizar y valorar si necesitan divertirse más, no solo los alumnos, sino también los maestros. Hoy, por ejemplo, utilizamos un libro hasta después de una hora y media. Antes de eso todo fue imaginación, y nada más. No necesitamos libros si queremos atrapar lectores. Antes debemos prepararlo, enamorarlo, encantarlo, después vendrá el libro. Y cuando de escribir se trate, hay que jugar también, romperle las costillas a la formalidad, a lo Julio Cortázar, el más grande cazador de lectores (yo sigo en sus redes).


Son diez años que merecen celebrarse, si, pero también lo otro. Ojalá y la EPCLE cumpla un siglo, y más. Nosotros nos dimos un adelanto con un sabroso Mondongo, que espero les haya gustado tanto como a mi.



Las fotos son cortesía de Gaby, Sandía (ahora se llama Paola, antes fue una fruta pero no se acordaba) y Flor (Valeria, quien igual tampoco se acordaba de su condición silvestre). Todo el crédito para ellas. Espero subir los vídeos después, cuando resuelva mis limitaciones técnicas (soy necio, lo resolveré).



Sin más, me despido de ustedes, por mejores lectores y escritores del mundo mundial.






martes, 14 de agosto de 2018

YosoY (pretextos vs argumentos) / 12 de agosto de 2018 / Terán City


Dicen que en el séptimo día, hasta dios descansó. Gustavo Ceratti escribió y cantó también que "...en el séptimo día, no descansaré" Y no lo hice, me fui a rockanrrolear con mis amigos, comandados por la coach Marisol Solís (que no descansa), en Terán.


Llegué con el compromiso de (por fin) ejercitar y resignificar qué rollo con los pretextos y con los argumentos. La confusión de estas dos sencillas palabras ha hecho de nosotros prisioneros, entes cautivos de nuestras propias redes tejidas de prejuicios. Para esto, nada mejor que la historia de un monje sufí:


Había una vez un monje, que estaba sentado en la esquina de la plaza central de Tuxtla, a punto de entregarse a la meditación. De pronto vio a un ladrón salir del banco, con dos bolsas llenas de dinero. Se detuvo frente al monje, y le dijo: "Si te preguntan por mí, no me has visto, ni has visto tampoco qué rumbo he tomado, de lo contrario, juro que lo lamentarás".


El monje sufí, que no podía decir mentiras, se vio atrapado de pronto en una dura prueba para su formación y principios. Luego de cavilar unos segundos, cruzó la calle y se sentó en la esquina contraria a la plaza, con la firme disposición, ahora sí, de meditar. A punto de comenzar, aparecieron varios policías, que de inmediato le preguntaron: 


"Monje, tú no sabes decir mentiras, así que dinos, ¿viste a dónde se fue el ladrón que acaba de asaltar el banco?" El monje, sereno, respiró hondo y contestó: "Mientras yo he estado aquí, no he visto pasar a ningún ladrón". Los policías, confiando en los principios del monje, se marcharon para seguir su búsqueda.


El monje, en segundos, construyó el argumento que salvó su integridad sufí, y también su integridad física. Acá la reflexión: ¿Mintió el monje? ¿Debió quedarse en la esquina de la plaza, y decir para dónde corrió el ladrón? Y si se quedaba, ¿cómo lograría deshacerse de los policías, y de la amenaza del ladrón, sin mentir? (se aceptan opiniones en el apartado de comentarios)


Con los chicos comenzamos a diferenciar, con un sencillo ejemplo, qué tan llenos de pretextos estamos, y no nos damos cuenta de que son parte (tristemente) de nuestra manera de vivir. La pregunta fue: ¿Quién sabe cocinar? Las respuestas, varias. "No me gusta"... "No me han enseñado"... "No me sale nada"... "No tolero el calor"... "El olor del aceite no me agrada"... Bla blá blá. Todos... ¡Pretextos!


Hubo más pretextos tratando de "atinarle", sin que apareciera un argumento, hasta que uno de ellos, igual que el monje sufí, se iluminó y dijo, casi perplejo: "Porque no tengo necesidad... hay quien lo haga". ¡Voalá! El argumento llegó y se apoderó del centro de la charla. Descubrimos que la necesidad es el primer motor para que aprendamos a realizar cosas. Si no aprendemos es porque estamos llenos de pretextos.


Nuestros pretextos están acompañados de prejuicios, de cómo vemos el mundo que nos rodea. Es clásica la pregunta sobre el contenido de un vaso, si medio vacío, o medio lleno. Y en eso se van decantando las opiniones, pretextando acá y allá, hasta crear una montaña de pretextos, que se vuelven hasta ridículos. Claro, llegará alguien más sereno, objetivo, que dirá: "ni medio vacío ni medio lleno: está a la mitad".


Es de sabios reflexionar antes de caer en las aseveraciones fáciles, llenas de pretextos. "es que mi trabajo es feo  / genial / aburrido /el mejor / el más miserable"... ¿No será, antes que todo eso, sólo un trabajo? "!Mi ropa es fea / bonita / moderna / anticuada / barata"... ¿No será, antes que todo eso, sólo ropa? Si partimos de la cosa en sí, podríamos ahorrarnos muchos disgustos o falsedades. "Leer es..."


¿Cuál la fórmula? Quizá en el ejemplo primero, algo así: 1. TRABAJO - 2. TRABAJO BONITO / FEO / etcétera. ¿Ya los confundí? Vamos de nuevo: Los argumentos se construyen desde la objetividad, y los pretextos, desde la subjetividad. No es más profundo que eso.


Para entrar en materia de fomento lector, hablamos sobre quién leía los instructivos de las cosas que compramos. La mayoría dijo que no lo hacía, o que solo leía "a vuelo de pájaro" (benditas metáforas). ¿Y por qué no lo leen?, pregunté. Los muchachos se esforzaron por construir sus argumentos, en lugar de lanzar la andanada de pretextos. Ya estábamos de a poco encaminados.


 Leímos INSTRUCCIONES PARA LLORAR, de Julio Cortázar. Después los invité a construir su propio instructivo, dando dos temas base, y una libre. "Instrucciones para llegar tarde a cualquier lado", "instrucciones para subir una escalera" y un tercer tema libre. El tópico dominante fue "Instrucciones para no ir a la escuela". Después, instrucciones para levantarse tarde" y por último, instrucciones para ser un triunfador". Todos los textos fueron gratamente asombrosos.


Despues expuse en el centro de todos, varios títulos de los Libros del Rincón, obsequio de mi corazón eterno de abril, los cuales trataban diversos temas y coincidiendo todos en ser ilustrados. Una vez desplegados los títulos, les pedí eligieran el que más les llamara la atención. Así lo hicieron.


Les pedí dieran una lectura "a vuelo de pájaro" (benditas metáforas) y una vez hecha ésta, en parejas, cada uno le recomendaría el título elegido, buscando argumentar de la mejor manera su elección, con la finalidad de interesar al compañero. De nuevo el resultado fue bastante gratificante.


Volvimos a sentarnos en círculo, y cada uno fue comentando sobre la experiencia vivida, demostrando que sí había sido efectiva la argumentación de cada uno de ellos. ¡Y cómo abrochar la actividad? ¡Jugando a que cantamos! Para eso le robé al maestro Jesús Matatena el bonito ejercicio de cantar los libros.


De nuevo, en parejas, eligieron la mejor opción (libro) para cantar (de común acuerdo) al ritmo del Rock and Roll, con la conocida canción de "Popotitos". Ojalá la coach suba algunos vídeos en su feisbuc, para que constaten lo que les digo. Fue una experiencia de verdad entretenida, sin juicios ni prejuicios de por medio.


Las horas se fueron volando (benditas metáforas), y mi corazón se quedó contento. Pero esto no acaba acá, no no no. Pronto habrá una sorpresa donde YosoY se materializará como los reyes y sabios materializaban ejércitos en sus sueños, o modestos ciudadanos hacían aparecer mariposas soñadas en sus habitaciones. Magia pura.


De nuevo agradezco a Marisol, no solo por invitarme (es necia, y lo aprecio) sino también por las fotos, que ilustran esta entrada, y que se siguen líneas abajo. Espero no haber confundido a nadie, y en caso de haberlo hecho, me declaro culpable, y prometo esmerarme en ser más claro en la siguiente oportunidad.


Sin otras palabras que agregar, me despido de ustedes, por mejores argumentos y menos pretextos.